martes 11 de agosto de 2009

FELIZ CUMPLEAÑOS, MALDITA BRUJA


Quiso evitarlo. Se rehusó muchas veces aún cuando la nostalgia lo asaltó a cada página. Trató de impedirlo con toda sus fuerzas, pero apenas cerró el libro se acordó de ella. Le había ocurrido lo mismo con otras historias, sin embargo esa avalancha de recuerdos resultó ser la peor. Fue hacia al ordenador y buscó alguna foto entre sus archivos. No la encontró. Ni rastro de esa niña a quien alguna vez quiso tanto. Empezó a necesitarla. Husmeó dentro de las páginas sociales de Internet pero en ninguna apareció como parte de su entorno. ¡Mierda! La necesitaba tanto que decidió escribirle un mensaje. Abrió nuevamente el libro del genio argentino que acababa de leer y transcribió:

“No importa dónde estés, Maldita Bruja, no importa lo que hayas hecho, no
importa para qué, llámame cuando me necesites. Me gustaría saber que todavía
sientes algo de no sé qué por mí, me gustaría subirme a una carretera y que seas
tú el sitio a dónde voy.
Llámame cuando me necesites. Pero necesítame pronto.”


En seguida recibió respuesta:

“Estoy bien. No te necesito. Además prefiero ya no conversar contigo. La última vez me decepcionaste (más) así que mejor nos ahorramos problemas y me evitas un mal rato.
Espero estés bien.”


Sintió una electricidad que devino en sosiego. No tristeza. No melancolía. Electricidad. Sosiego. De algún modo necesitaba esa sensación para saber que no había vuelta atrás. Quiso poner en evidencia su naturaleza obstinada y transcribió del mismo libro un poema que no era del genio argentino:

"Ni en el llegar, ni en el hallazgo
tiene el amor su cima:
es en la resistencia a separarse
en donde se le siente."


La respuesta llegó como un látigo asesino.

“No te amo. ¿No te parece que ya es suficiente? ¿No crees que ya debes sacarme de tu vida? Ocúpate de otras cosas, maldito imbécil.”

Esta vez sólo sintió electricidad. Pronto se dio cuenta que habían pasado horas, días, semanas enteras desde que cerró el libro. Había llegado Agosto y con él el invierno, y tras él el cumpleaños número veintiuno de Maldita Bruja. Sintió cierta ternura desde su condición de maldito imbécil que decidió escribir un nuevo mensaje. Esta vez un anónimo a su celular:

“Si alguna vez creíste que sólo pienso en acostarme contigo, te equivocas. A veces me dan ganas de darte un gran abrazo, como hoy. Feliz cumpleaños, Maldita Bruja. Ojala y no adivines quien soy.”

Por un segundo su corazón trepidó de júbilo, pero la frustración siempre lo esperaría con un puñal entre las manos.

“El número destino ha excedido la cantidad de mensajes permitidos.”

No tomó en cuenta que cada celular sólo podía recibir como máximo doce mensajes al día. Por supuesto, el número de masoquistas que como él querrían saludarla sin invertir un sólo centavo era más de doce. Quizá era todo un país.

Eso no le importaba. En su mente sólo bullía la necesidad de encontrar la forma de desearle feliz cumpleaños antes de que fueran las doce. Por eso empezó a escribir y a escribir y sólo dejó de hacerlo cuando un fuerte frío entró por la ventana. Se paró a cerrar las cortinas y sintió todo el peso de los años en la espalda. Pronto, el oscuro vidrio le reveló una imagen que lo puso a temblar. Le costó reconocerse sin cabello, los ojos circunscritos por gigantescas ojeras, y con magras arrugas poblando toda su cara. Se miró las manos. Estaban igual. Corrió hacia el reloj electrónico del ordenador sintiendo a la muerte resollar sobre su cuello. Seguía siendo el mismo día. Once de agosto. Y aún no eran las doce. Sólo entonces comprendió que desde que cerró el libro había pasado ya mucho tiempo.



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[Take it back – She and Him.]

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[Come Back– Pearl Jam.]

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martes 7 de julio de 2009

PEQUEÑA TRAGEDIA


No soy supersticioso. Soy miope: jamás he visto esas grandes señales del destino que dice la gente. Cada vez que una mujer me abandona no se me ocurre pensar que dios está detrás del asunto, desde su infinita misericordia, urdiendo un plan para enviarme otra mejor. Toda mujer se presenta siempre como la mejor, y si la anterior me dio una patada en el culo fue por instinto, ninguna se resiste a encarnar sus uñas en el corazón de un idiota. Tampoco estoy de acuerdo con quienes aseguran que levantarse con el pie derecho trae buena suerte. Yo despierto así todas las tardes, no por optimista sino porque no hay de otra cuando tienes una enorme pared al otro lado, y ya ven el gafe avechucho que soy. La suerte existe, pero en las gruesas billeteras de quienes inventaron los juegos de azar.

Por lo tanto, ¿fue simple coincidencia que ese mensaje de texto llegara justo cuando peor estaban las cosas? ¿Qué hubieran dicho ustedes frente a un anónimo con semejante contenido en el celular? ¡Conchatumadre!, espeté al mismo tiempo que una feroz crisis de paranoia me tomó por asalto. Leí una, dos, diez veces la nota. Aquella pregunta fue un disparo a quemarropa: “¿TE SIENTES BIEN HACIENDO LO QUE HACES?”. Dejé caer el celular. No pude sino voltear a ver quién me espiaba. Miré al piso, al techo, a las ventanas, esperando encontrar una horrible criatura con poderes telekinésicos. No había absolutamente nada. Mi mente me devolvió a la pregunta: ¿Me sentía bien haciendo lo que hacía? Caí de golpe a la realidad y me vi con la pinga en la mano y delante del ordenador que mostraba a pantalla completa a dos rubias de pechos gigantes aullando obscenidades en inglés mientras eran sodomizadas por un negro membrudo que les daba palmadas en las nalgas. A esas alturas de mi vida, estaba acostumbrado a recibir cariñosos mensajes de mis buenos enemigos, pero aquel era demasiado brillante para provenir de sus baldíos intersticios neuronales. ¿Qué cabecita perniciosa había maquinado entonces una pregunta capaz de sobresaltar a un paranoico por antonomasia como yo? ¿Qué perturbado ser era capaz de tomarse el tiempo de buscar en Internet mi compañía telefónica, escribir los nueve dígitos de mi número que ni yo me sé, y descifrar esos sibilinos códigos que te solicitan antes de enviar cualquier endemoniado mensaje? ¡Una ex! ¡Por supuesto! ¡Cómo no lo pensé antes! Recogí el celular y empecé a escribir: “NO ME SIENTO BIEN, HIJA DE PUTA, PERO SI ME DAS UNA MAMADA PUEDE QUE ME SIENTA MEJOR”. Ingresé el número de mi presunta culpable y ahí nada más caí en una honda depresión, pues tenía, además de ella, un centenar de probabilidades más y nada de saldo disponible. ¡Conchatumadre!, espeté de nuevo.

Eran cerca de las nueve de la noche y necesitaba sacudirme de tanta hostilidad, así que tomé del escritorio la infaltable cajetilla de cigarros, el aparatito de la música y salí a caminar. Llevaba seis semanas sin borronear una sola línea en el cuaderno de pequeñas tragedias y ese mensaje de texto parecía haber echado sal en la herida. Después del frustrado propósito de escribir un cuento, dije: “¡no más!, ¡yo renuncio!”. Pero, ¿qué diablos significaba dimitir de algo que además de inútil no dependía de jefes ni de paga mensual? Eché otra bocanada y me acomodé los audífonos. Una avenida enorme, llena de carteles y luces de colores parecía ocultar muy bien a un perdedor. La pregunta aún estaba allí: “¿me sentía bien haciendo lo que hacía?”. Claro que no. ¿Quién podría sentirse bien dentro de esta mierda que gira? Como si la mierda que gira necesitara responderme, salieron de algún pútrido agujero, sonrientes, optimistas, cientos de estudiantes universitarios vistiendo batas blancas y llevando a cuestas enormes reglas y cartabones; cada uno más altivo que el otro, cada uno más ingenuo que el otro, como si tras aquellas miradas anodinas se escondiera la imposibilidad de ver por encima de sus pizarras sucias y sus rechonchos profesores. Me fijé en uno. Era alto y apuesto, y le hablaba con patética solemnidad a una guapa muchacha que no dejaba de mirarle, embobada, la camioneta. No me resistí a la curiosidad de saber lo que decía el imbécil y me saqué los audífonos. “Esfuérzate y verás que el éxito llega a ti, nena”, “El mundo les pertenece a los que luchan, preciosa”, “Los deseos de nuestra vida forman una cadena, cuyos eslabones son las esperanzas, muñeca”. ¡Mierda! Yo hubiera corrido a romperle la cara, pero advertí que todos allí decían casi lo mismo. Todos eran jodidamente iguales. Escapé del lugar tras encender otro cigarrillo y subirle todo el volumen a la música. Volteé hacia una esquina llena de espejos y me vi sonriendo en uno de ellos. La pregunta volvió a fustigarme otra vez, pero una fresca sensación de alivio resolló dentro de mí. A diferencia de la horda universitaria, yo no sabía hacer otra cosa que echar humo y flotar entre arpegios de hermosas canciones. Allí estaba la respuesta. Me sentía bien haciendo todo eso. Me sentía bien no siendo parte de ellos.

No importaba ya que la cajetilla de cigarros y la batería del aparatito de música hubieran expirado. Volví a casa con ganas de abrir el viejo cuaderno de pequeñas tragedias y tocarle el culo a la vida como seis semanas atrás. Antes de empezar, me pregunté si en realidad ese mensaje de texto había sido para mí. ¿Y qué tal si todo era parte de un error? ¡Eso sería gracioso! ¡La vida era graciosa! ¡Y las cosas eran siempre parte de un error! A esas alturas no me importaba nada más. Yo me sentía cada vez mejor.

Y tú, cabrón: ¿Te sientes bien haciendo lo que haces?



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[Where did I go?]


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sábado 2 de mayo de 2009

BIENVENIDOS A LA VIDA REAL


Como les pasa a todos los que regresan de muy lejos y después de mucho tiempo, me pondré cómodo para desempacar algunos recuerdos. Y diré que fueron las noches, las farolas y los cigarrillos quienes me acercaron a ti. Podríamos decir también que ayudaron un poco tus escotes y tu tatuaje en la teta derecha pero eso sería hablar de más. En ese tiempo yo vestía corbatas de marca, camisas de algodón y un falso optimismo que francamente llegaba al pincho. Traía siempre conmigo un libro de autoayuda y, para mitigar las arcadas que me provocaba verme al espejo, fumaba no pocos cigarrillos. Lo del libro se debía a la gente y su necesidad de oír esas inútiles recetas del éxito, esas pequeñas y falsas promesas que me permitían –leyéndolas– anestesiarlos, apoderarme de sus voluntades, extirparles toda capacidad de razonar y así, convertidos en fieles y dúctiles marionetas, no advirtieran algo descubierto por nosotros mucho antes de conocernos: que trabajar es una mierda. La empresa no estaba mal. Teníamos un pago puntual, seguro médico y hasta una azotea dónde fumar sanamente. Vaya que esta historia sí está plagada de cigarrillos. ¿Te dije que me quedé con tu encendedor azul? Fue esa noche del moscato y nuestro amigo que no dejaba de hablar sobre la dignidad de los borrachos.

Yo era tu jefe y odiaba serlo. En realidad, odio ser jefe de cualquiera. Ejercer autoridad, dar el ejemplo y llegar una hora antes que los demás son funciones inapropiadas para el buen vivir de un mal personaje como yo, amante de la tranquilidad y enemigo de toda agitación, salvo la del sexo. Increíblemente resistí seis meses. Dejé el trabajo no porque tuviera que estudiar o seguir mi carrera de escritor como inventó algún ridículo por allí (yo), sino porque ya no aguantaba más los nudos de las corbatas. No estudio porque odio ese verbo pretencioso por sobre todas las cosas. Mi carrera de escritor consiste en organizar el día de manera escrupulosa, eligiendo entre dos actividades ineludibles: a) entregarme al cálido confort del sillón y leer todo lo que a mi malsana curiosidad le provoque; o b) huir del chirrido natural de los humanos, guarecerme en alguna melodía de Bob Dylan o los Rolling Stone, y encajarle un nuevo golpe al pasado delante de una hoja de Word. Sí, yo también sé que así no llegaré a ningún lado.

Todo pasó muy rápido. O como alguna vez dijiste en la banca del parque donde descubrimos que los bichos cabrones eran capaces de picarnos aún de madrugada: “no es que las cosas vayan a prisa, sólo que aún no terminamos de acostumbrarnos al ritmo de la vida”. Han pasado los días y me pregunto si es posible escribir sobre nosotros. Hay quien dice que las historias pueden contarse sólo cuando han terminado. Lo dudo. Porque podemos decir que en medio de las calles vacías, los restaurantes tristes y la vida de neón, todo era tan mágico, divertido y nuestro. Como toda el agua mineral que nos robamos del supermercado, “porque el agua no se le niega a nadie, Luis Miguel”. Como los errabundos perros de la noche y los literarios nombres que les inventamos: jamás olvidaré al pequeño Rulfo, leal y zalamero como ninguno, pero que perdió esa lealtad y esa zalamería justo cuando, inteligente, entendió que su destino seguiría siendo igual de callejero y miserable al lado de un par de indecentes que no tenían ni para el taxi; o al temible Truman, que por alguna extraña razón nos cuidaba de los noctívagos malhechores, quienes, aterrados y con voz temblona, suplicaban: “señorita, controle a su perro, por favor… ya pues, ñori, no sea malita, mire que tengo seis críos que mantener”. O como aquella vez que sorprendimos en una cafetería a mi jefa –dignísima señora casada y con dos hijos–, de la mano de un tipo veinticinco años y cincuenta kilos menor, que no era precisamente su esposo; y yo, moralísimo: “¡mira pues a la ballena tramposa!”, y tú, divertidísima: “ay, Luis Miguel, ¡qué conchudo!”.

Nos unieron todas esas cosas que ya al día de hoy parecen de otro tiempo. Tú no me creías cuando te hablaba del carácter complicado del amor y de que al final todo el mundo sale lastimado. Por el contrario me acusabas a mí de complicado y de un pesimismo a ultranza. Aunque hayas tenido algo de razón, debemos admitir que el aterrizaje dolió. Que nadie contaba con que ese viaje entre farolas, noches y cigarrillos terminaría pronto. Y ya ves, descubrimos que por más lejos que huyéramos, al final nos esperaría un aterrizaje forzado y un cartel diciendo: bienvenidos a la vida real.


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[I've been a puppet, a pauper, a pirate, a poet, a pawn and a king; I've been up and down, and over and out. And I know one thing: Each time I find myself layin' flat on my face, I just pick myself up and get back in the race.]

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sábado 29 de noviembre de 2008

RESUMEN DE NOTICIAS

1: He regresado
2: Siempre lo supe
Luchito Hernández


– Entonces… ¡los libros te salvaron la vida! –exclamó Luciana cuando, divertida y sin perder ni por un segundo la dulzura, terminó de oír las mil y un historias de mis años de adolescente. Parecía sorprendida y hasta por momentos suspensa en esos pasajes de drogas, corazones rotos y líos con la policía. Ahora que la veía reír y regalarme esa ternura irreflexiva dentro de sus grandes ojos claros, terminé de entender por qué más de una vez he creído que lo único más agradable que la agradable soledad es su compañía.

– Ya entiendo… ¡Por eso empezaste esa noche diciendo que estabas excitado! –volvió a gritar y reír como una loca. Luciana era una loca, pero una loca encantadora. Sólo ella podía encontrarle alguna gracia a esa horrible noche en la librería y a la sarta de idioteces que el Red Bull y mi natural condición de idiota –más idiota si he tomado Red Bull– me hicieron decir.

Buenas noches. Gracias por venir. Antes de estar sentado aquí mi novia me preguntó ¿cómo te sientes? Ahora le respondo: ¡Excitado! Excitado de ver tanta belleza a mi alrededor… Bueno, por si algún novio celoso está a punto de patearme el culo, debo aclarar que hablo de los libros, por supuesto”.




Luciana dijo que todos rieron. Ese “todos” puede resultar abrumador si no se toma en cuenta que a la librería sólo asistieron cuatro infelices. Pero no diré como los poetas de esta ciudad que “todo fue culpa del mísero apoyo que recibe siempre la cultura”. ¡Pinches poetas! Las vanidades enfrentadas, las improvisaciones, la incompetencia de los organizadores y sobre todo el horrible nombre del evento (Blog Lounge) echaron el capote definitivo para que todo resulte un perfecto fiasco.

–Además, si tanto quieren los poetas congregar multitudes, en vez de poemas que empiecen a escribir canciones de reggaeton –comentó Luciana.

Así continuó ella, haciendo un divertido recuento de la noche. Se burló primero del miedo escénico del presentador, de lo mucho que sudaba y de lo patético que se le veía ocultándose detrás de los estantes, mordiéndose las uñas y ajustando las piernas.


En seguida mencionó al Poeta Simio, en realidad ex poeta (ahora vendedor de inciensos), que llegó tarde al evento, irrumpió entre el público y, en un afán de llamar su atención (porque no era capaz de hacerlo con su trabajo), se bajó los pantalones dejando al descubierto los pañales Plenitud que llevaba puestos. Se puso a chillar como un chimpancé –con el perdón de los chimpancés, claro está– unos versitos que su admirador y amigo de incontables felaciones, el presentador, llamó "poesía vanguardista". Yo hubiera preferido por nombre: "A las drogas diles NO, sino mira en el idiota que te conviertes".




Luciana dijo por último que le hubiera encantado tener a su madre presente, que eso hubiera ayudado a cambiar el concepto de indecente que tiene de mí, que los hay peores, que a comparación de ese par de impresentables yo soy un gentlemen, un conspicuo caballero de etiqueta, ¡sí señor!

Luego soltó una carcajada al recordar la pregunta –insidiosa– que el presentador del evento me hizo en la sección “preguntas del público”, cuando al público, como siempre, le llegó al pincho preguntar.

Luis Miguel, dinos, ¿por qué escribes siempre sobre personajes reales y les atribuyes acciones ficticias para hacerlos quedar mal?
– Dicen, los que no tienen nada mejor que decir, que mis personajes existen pero que sus acciones son inventadas. Bueno, yo opino más bien que mis personajes no existen pero como sus actos ponen al descubierto a tanto imbécil, estos después andan llamándolos ficción
.




Para Luciana soné bastante agresivo. Me dijo “agresivo” precisamente cuando, dos horas después, en plena mesa del restorán y delante de los invitados, clavaba disimulada su palito de sushi en mi estómago. Puso los puños en su cintura y con afectada solemnidad exclamó: “¡Desengáñense de una vez por todas, señores, cuando vengan a buscar a Luis Miguel no esperen encontrar un tipo amable, simpático o sencillo porque sufrirán una terrible decepción!

– Mejor no esperar nada de él –dije yo –. Mejor no esperar nada. Mejor no esperar.
– ¿Ni siquiera una buena crónica?
– Eso jamás.

Huimos de la librería, de las cámaras y de la insoportable fraternidad posterior a los eventos culturales. Nos refugiamos en la terraza de un viejo restaurante donde el frío, la tristeza y la comida recalentada hacían buena colla. Luciana invitó a los cándidos gringos de la mesa de enfrente para hacerlos reír y –pequeño detalle– pagar el vino que este desventurado y por aquel entonces pobre escribidor jamás hubiera podido pagar.



– Luismi, si tuvieras que resumir tu vida en una sola palabra, ¿cómo lo harías? –preguntó Luciana, una vez los gringos se marcharon dejando pagada otra botella de vino.
– Triste.
– ¿Triste? Pero si tus historias siempre tienen algo de…
– Da igual. Todo el mundo se compadece ante el dolor de un poeta, ¿a quién le importa el de un narrador?
– A mí.
– ¡Sádica!
– ¡Ja!
– Mi vida se resume en el simple hecho de divertirme todo lo que pueda, en el más puro y llano hedonismo. Sin tener un sexto sentido ni pericia de agorero sé por la vida que llevo que no viviré mucho. No puedo darme el lujo de tener alguna religión, interpretar filosofías y buscar la verdad. Tan sólo procuro curarme de la gran depresión y el continuo mal humor que a menudo acechan. Tampoco puedo darme el lujo de tener amigos o querer a mi prójimo. Me queda solo tiempo para mí. Y aunque parezca una posición egoísta –y en esto no me respalda mi condición de hijo único– puede que en el fondo sea todo lo contrario. Porque al final de todas esas actividades solipsistas urdidas a escondidas, puede que otro chico confundido, leyéndolas, se sienta menos solo de lo que habitualmente me siento yo.

Minutos después malvivíamos el frío de la madrugada y la tristeza de una botella de vino vacía. Caminamos callejas interminables y cada poste, cada esquina, nos detuvo en un beso iluminado por las luces de neón. Luciana dijo que jamás me abandonaría. Yo solté una carcajada cínica mientras ella me pedía, casi a gritos, que por primera vez tomara las cosas en serio. “Si tomara las cosas en serio, Lucianita, jamás hubiera decidido dedicarme a escribir”. Me hubiera gustado verla reír otra vez como una loca. Tal vez así alguien estuviera hincándome con su palito de sushi en el estómago o consiguiéndome otra botella de vino que buena falta me hace esta noche. En resumen, eso fue todo lo que pasó hasta el día de hoy.




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[Con ustedes, el malo de la película]

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