FELIZ CUMPLEAÑOS, MALDITA BRUJA



Quiso evitarlo. Se rehusó muchas veces aún cuando la nostalgia lo asaltó en cada página. Trató de impedirlo con toda sus fuerzas, pero apenas cerró el libro se acordó de ella. Le había ocurrido lo mismo con otras historias, sin embargo esa avalancha de recuerdos resultó ser la peor. Fue hacia al ordenador y buscó alguna foto entre sus archivos. No la encontró. Ni rastro de esa niña a quien alguna vez quiso tanto. Empezó a necesitarla. Husmeó dentro de las páginas sociales de Internet pero en ninguna apareció como parte de su entorno. ¡Mierda! La necesitaba tanto que decidió escribirle un mensaje. Abrió nuevamente el libro del genio argentino que acababa de leer y transcribió:


“No importa dónde estés, Maldita Bruja, no importa lo que hayas hecho, no importa para qué, llámame cuando me necesites. Me gustaría saber que todavía sientes algo de no sé qué por mí, me gustaría subirme a una carretera y que seas tú el sitio a dónde voy. Llámame cuando me necesites. Pero necesítame pronto.”

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PEQUEÑA TRAGEDIA



No soy supersticioso. Soy miope: jamás he visto esas grandes señales del destino que dice la gente. Cada vez que una mujer me abandona no se me ocurre pensar que dios está detrás del asunto, desde su infinita misericordia, urdiendo un plan para enviarme otra mejor. Toda mujer se presenta siempre como la mejor, y si la anterior me dejó tendido en un charco de melancolía con heridas de pronóstico reservado, fue el resultado final del oscuro deporte de criar cuervos que es el amor. Tampoco estoy de acuerdo con quienes aseguran que levantarse con el pie derecho trae buena suerte. Yo despierto así todas las tardes, no por optimista sino porque no hay de otra cuando tienes una enorme pared al otro lado, y ya ven el gafe avechucho que soy. La suerte existe, pero en las gruesas billeteras de quienes inventaron los juegos de azar.

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BIENVENIDOS A LA VIDA REAL



Como les pasa a todos los que regresan de muy lejos y después de mucho tiempo, me pondré cómodo para desempacar algunos recuerdos. Y diré que fueron las noches, las farolas y los cigarrillos quienes me acercaron a ti. Podríamos decir también que ayudaron un poco tus escotes y tu tatuaje en la teta derecha pero eso sería hablar de más. En ese tiempo yo vestía corbatas de marca, camisas de algodón y un falso optimismo que francamente llegaba al pincho. Traía siempre conmigo un libro de autoayuda y, para mitigar las arcadas que me provocaba verme al espejo, fumaba no pocos cigarrillos. Lo del libro se debía a la gente y su necesidad de oír esas inútiles recetas del éxito, esas pequeñas y falsas promesas que me permitían –leyéndolas– anestesiarlos, apoderarme de sus voluntades, extirparles toda capacidad de razonar y así, convertidos en fieles y dúctiles marionetas, no advirtieran algo descubierto por nosotros mucho antes de conocernos: que trabajar es una mierda. La empresa no estaba mal. Teníamos un pago puntual, seguro médico y hasta una azotea dónde fumar sanamente. Vaya que esta historia sí está plagada de cigarrillos. ¿Te dije que me quedé con tu encendedor azul? Fue esa noche del moscato y nuestro amigo que no dejaba de hablar sobre la dignidad de los borrachos.

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RESUMEN DE NOTICIAS



– Entonces… ¡los libros te salvaron la vida! –exclamó Luciana cuando, divertida y sin perder ni por un segundo la dulzura, terminó de oír las mil y un historias de mis años de adolescente. Parecía sorprendida y hasta por momentos suspensa en esos pasajes de drogas, corazones rotos y líos con la policía. Ahora que la veía reír y regalarme esa ternura irreflexiva dentro de sus grandes ojos claros, terminé de entender por qué más de una vez he creído que lo único más agradable que la agradable soledad es su compañía.

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