
Quiso evitarlo. Se rehusó muchas veces aún cuando la nostalgia lo asaltó a cada página. Trató de impedirlo con toda sus fuerzas, pero apenas cerró el libro se acordó de ella. Le había ocurrido lo mismo con otras historias, sin embargo esa avalancha de recuerdos resultó ser la peor. Fue hacia al ordenador y buscó alguna foto entre sus archivos. No la encontró. Ni rastro de esa niña a quien alguna vez quiso tanto. Empezó a necesitarla. Husmeó dentro de las páginas sociales de Internet pero en ninguna apareció como parte de su entorno. ¡Mierda! La necesitaba tanto que decidió escribirle un mensaje. Abrió nuevamente el libro del genio argentino que acababa de leer y transcribió:
“No importa dónde estés, Maldita Bruja, no importa lo que hayas hecho, no
importa para qué, llámame cuando me necesites. Me gustaría saber que todavía
sientes algo de no sé qué por mí, me gustaría subirme a una carretera y que seas
tú el sitio a dónde voy.
Llámame cuando me necesites. Pero necesítame pronto.”
En seguida recibió respuesta:
“Estoy bien. No te necesito. Además prefiero ya no conversar contigo. La última vez me decepcionaste (más) así que mejor nos ahorramos problemas y me evitas un mal rato.
Espero estés bien.”
Sintió una electricidad que devino en sosiego. No tristeza. No melancolía. Electricidad. Sosiego. De algún modo necesitaba esa sensación para saber que no había vuelta atrás. Quiso poner en evidencia su naturaleza obstinada y transcribió del mismo libro un poema que no era del genio argentino:
"Ni en el llegar, ni en el hallazgo
tiene el amor su cima:
es en la resistencia a separarse
en donde se le siente."
La respuesta llegó como un látigo asesino.
“No te amo. ¿No te parece que ya es suficiente? ¿No crees que ya debes sacarme de tu vida? Ocúpate de otras cosas, maldito imbécil.”
Esta vez sólo sintió electricidad. Pronto se dio cuenta que habían pasado horas, días, semanas enteras desde que cerró el libro. Había llegado Agosto y con él el invierno, y tras él el cumpleaños número veintiuno de Maldita Bruja. Sintió cierta ternura desde su condición de maldito imbécil que decidió escribir un nuevo mensaje. Esta vez un anónimo a su celular:
“Si alguna vez creíste que sólo pienso en acostarme contigo, te equivocas. A veces me dan ganas de darte un gran abrazo, como hoy. Feliz cumpleaños, Maldita Bruja. Ojala y no adivines quien soy.”
Por un segundo su corazón trepidó de júbilo, pero la frustración siempre lo esperaría con un puñal entre las manos.
“El número destino ha excedido la cantidad de mensajes permitidos.”
No tomó en cuenta que cada celular sólo podía recibir como máximo doce mensajes al día. Por supuesto, el número de masoquistas que como él querrían saludarla sin invertir un sólo centavo era más de doce. Quizá era todo un país.
Eso no le importaba. En su mente sólo bullía la necesidad de encontrar la forma de desearle feliz cumpleaños antes de que fueran las doce. Por eso empezó a escribir y a escribir y sólo dejó de hacerlo cuando un fuerte frío entró por la ventana. Se paró a cerrar las cortinas y sintió todo el peso de los años en la espalda. Pronto, el oscuro vidrio le reveló una imagen que lo puso a temblar. Le costó reconocerse sin cabello, los ojos circunscritos por gigantescas ojeras, y con magras arrugas poblando toda su cara. Se miró las manos. Estaban igual. Corrió hacia el reloj electrónico del ordenador sintiendo a la muerte resollar sobre su cuello. Seguía siendo el mismo día. Once de agosto. Y aún no eran las doce. Sólo entonces comprendió que desde que cerró el libro había pasado ya mucho tiempo.
“No importa dónde estés, Maldita Bruja, no importa lo que hayas hecho, no
importa para qué, llámame cuando me necesites. Me gustaría saber que todavía
sientes algo de no sé qué por mí, me gustaría subirme a una carretera y que seas
tú el sitio a dónde voy.
Llámame cuando me necesites. Pero necesítame pronto.”
En seguida recibió respuesta:
“Estoy bien. No te necesito. Además prefiero ya no conversar contigo. La última vez me decepcionaste (más) así que mejor nos ahorramos problemas y me evitas un mal rato.
Espero estés bien.”
Sintió una electricidad que devino en sosiego. No tristeza. No melancolía. Electricidad. Sosiego. De algún modo necesitaba esa sensación para saber que no había vuelta atrás. Quiso poner en evidencia su naturaleza obstinada y transcribió del mismo libro un poema que no era del genio argentino:
"Ni en el llegar, ni en el hallazgo
tiene el amor su cima:
es en la resistencia a separarse
en donde se le siente."
La respuesta llegó como un látigo asesino.
“No te amo. ¿No te parece que ya es suficiente? ¿No crees que ya debes sacarme de tu vida? Ocúpate de otras cosas, maldito imbécil.”
Esta vez sólo sintió electricidad. Pronto se dio cuenta que habían pasado horas, días, semanas enteras desde que cerró el libro. Había llegado Agosto y con él el invierno, y tras él el cumpleaños número veintiuno de Maldita Bruja. Sintió cierta ternura desde su condición de maldito imbécil que decidió escribir un nuevo mensaje. Esta vez un anónimo a su celular:
“Si alguna vez creíste que sólo pienso en acostarme contigo, te equivocas. A veces me dan ganas de darte un gran abrazo, como hoy. Feliz cumpleaños, Maldita Bruja. Ojala y no adivines quien soy.”
Por un segundo su corazón trepidó de júbilo, pero la frustración siempre lo esperaría con un puñal entre las manos.
“El número destino ha excedido la cantidad de mensajes permitidos.”
No tomó en cuenta que cada celular sólo podía recibir como máximo doce mensajes al día. Por supuesto, el número de masoquistas que como él querrían saludarla sin invertir un sólo centavo era más de doce. Quizá era todo un país.
Eso no le importaba. En su mente sólo bullía la necesidad de encontrar la forma de desearle feliz cumpleaños antes de que fueran las doce. Por eso empezó a escribir y a escribir y sólo dejó de hacerlo cuando un fuerte frío entró por la ventana. Se paró a cerrar las cortinas y sintió todo el peso de los años en la espalda. Pronto, el oscuro vidrio le reveló una imagen que lo puso a temblar. Le costó reconocerse sin cabello, los ojos circunscritos por gigantescas ojeras, y con magras arrugas poblando toda su cara. Se miró las manos. Estaban igual. Corrió hacia el reloj electrónico del ordenador sintiendo a la muerte resollar sobre su cuello. Seguía siendo el mismo día. Once de agosto. Y aún no eran las doce. Sólo entonces comprendió que desde que cerró el libro había pasado ya mucho tiempo.
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[Take it back – She and Him.]
[Come Back– Pearl Jam.]















